Fue destinado en serie a ser
piel de escaparate
y allí gozó de una existencia
en perpetua promoción,
incorrupta, angelical,
igual que un dignatario de los dioses
respetado por su línea tórrida de ropa.
Como un perfecto maniquí
echóse, sin embargo, a andar un día
por efecto de la publicidad
y recaló en la calle
con un soplo de vida.
Llevaba de oferta el mismo porte
con su augusta emoción de temporada
y estirábase al hablar
desplegando el vacío
con todas la virtudes de su marca.
No había cambiado el chip olímpico
por el pesar a saldo de los vivos.
Seguía portando un corazón tan puro
que etiquetósele de un pasmo su mirada,
le puso precio y cita previa
y luego estornudó
ante el olor anónimo y promiscuo de la masa.
Pero herido por su falta de conciencia,
se avino a hacerse frágil,
a patentar un cuerpo más humano,
que transportase lágrimas consigo.
Diole entonces por repartir su sangre
y su impudicia en sonoras tomas microscópicas
e invertirlas en el negocio rápido
del daño. Al sutil contacto con lo ajeno
las llagas se le abrían por doquier
de tanta escena en que admirarse,
y se cargaba de agravios,
progresaba en derechos
y asechanzas, tornábase intocable.
No había cambiado el chip olímpico;
lo había recargado
con el prestigio inmundo del dolor.
Maximiliano Hernández Marcos
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada